La Presentación del Señor: Luz para iluminar a las naciones
Una celebración de encuentro, revelación y esperanza.
Cada 2 de febrero, la Iglesia celebra la Fiesta de la Presentación del Señor, un acontecimiento profundamente significativo que une la ley mosaica con la revelación cristiana. Este día, también conocido como la Candelaria, recuerda el momento en que María y José llevaron al Niño Jesús al Templo de Jerusalén para presentarlo al Señor, cumpliendo así con la Ley de Moisés.
Una tradición de fe y purificación
El Evangelio de San Lucas (2,22-40) narra cómo los padres de Jesús acuden al Templo con una ofrenda humilde, siguiendo la costumbre de la época. En este episodio aparecen dos figuras llenas de fe: el anciano Simeón y la profetisa Ana. Simeón, movido por el Espíritu Santo, reconoce en Jesús al Salvador y proclama su célebre canto: «Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto tu salvación, luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,29-32).
Este pasaje resalta cómo Cristo es la luz que viene a iluminar el mundo. Por ello, la Fiesta de la Presentación está estrechamente vinculada con el símbolo de la luz y ha dado origen a la tradición de la bendición de las candelas, de donde proviene el nombre de «Candelaria».
Jesús, signo de contradicción y camino de entrega
Simeón, además de bendecir al Niño, anuncia a María que una espada atravesará su alma, profetizando así los dolores que experimentará junto a su Hijo. De este modo, la Presentación del Señor nos recuerda que la vida cristiana está marcada por la entrega y el sacrificio, pero también por la esperanza y la luz que Cristo trae a cada corazón.
Esta fiesta nos invita a renovar nuestra fe, a reconocer a Jesús como nuestra luz y a seguir su camino con fidelidad. Es una oportunidad para encender nuestras propias lámparas y llevar la luz del Evangelio a los demás, así como lo hicieron Simeón y Ana con su testimonio de esperanza y alabanza.
En este día, pidamos a Dios la gracia de ser luz en medio del mundo, para que, como María y José, presentemos nuestra vida al Señor con confianza y amor.