Epifanía del Señor: la luz que se deja encontrar

Cada 6 de enero, la Iglesia celebra la Epifanía del Señor, la manifestación de Jesús a todos los pueblos. En los Magos de Oriente, guiados por una estrella, se revela un Dios que sale al encuentro de la humanidad y se deja encontrar por quienes lo buscan con corazón sincero.

La Epifanía del Señor, tradicionalmente conocida como el Día de Reyes, es mucho más que una escena entrañable del pesebre o una fecha asociada a regalos y tradiciones populares. Es una solemnidad profundamente teológica y misionera, que proclama una verdad central de la fe cristiana: Jesús no vino solo para unos pocos, sino para todos.

El término “epifanía” significa manifestación. En esta fiesta, la Iglesia contempla cómo el Niño nacido en Belén se da a conocer a las naciones, representadas en los Magos que llegan desde Oriente. No pertenecen al pueblo de Israel, no conocen la Ley ni los Profetas, pero saben leer los signos del cielo y se ponen en camino. Su búsqueda sincera los conduce hasta Cristo.

La estrella que los guía no es un detalle decorativo: es signo de la luz de Dios que precede, acompaña y orienta a quien se anima a buscarlo. Los Magos caminan, preguntan, se equivocan de rumbo, pero no se detienen. Y cuando finalmente llegan, no encuentran un palacio ni un rey poderoso según los criterios del mundo, sino a un Niño pobre, con María y José. Allí, en la sencillez, reconocen al Rey y lo adoran.

Los dones que ofrecen —oro, incienso y mirra— expresan una fe que se va revelando: oro para el Rey, incienso para Dios, mirra para el que entregará su vida. La Epifanía nos recuerda que encontrarse con Cristo siempre lleva a ofrecer lo mejor de uno mismo y, al mismo tiempo, a regresar “por otro camino”, con la vida transformada.

En este día, la Iglesia renueva su vocación misionera. La Epifanía nos invita a no guardar la fe como un tesoro privado, sino a compartirla, a ser también nosotros estrellas que orienten a otros hacia Jesús. En un mundo marcado por la incertidumbre, la división y la búsqueda de sentido, la luz de Cristo sigue brillando, accesible a todos los que se animan a ponerse en camino.

Celebrar la Epifanía es, en definitiva, reconocer que Dios se manifiesta, que se deja encontrar, y que sigue llamando a cada persona —sin distinción— a entrar en la alegría de su salvación.