El Bautismo del Señor: Dios se sumerge en nuestra historia

Con la fiesta del Bautismo de Jesús, la Iglesia cierra el tiempo de Navidad y contempla un momento clave de la vida del Señor: su manifestación pública y el inicio de su misión. En las aguas del Jordán, Jesús se une a la humanidad y revela el corazón del Padre.

Con la celebración del Bautismo del Señor concluye el tiempo litúrgico de la Navidad. No se trata de un simple cierre “cronológico”, sino de una verdadera síntesis espiritual de todo lo que hemos contemplado en estas semanas: Dios se ha hecho uno de nosotros y ha entrado de lleno en nuestra historia.

Después del pesebre, del silencio de Nazaret y de la manifestación a los pueblos en la Epifanía, hoy contemplamos a Jesús adulto que se acerca al Jordán para recibir el bautismo de Juan. Este gesto, a primera vista desconcertante, encierra un mensaje profundo. Jesús no tenía necesidad de conversión, no tenía pecado del cual arrepentirse. Sin embargo, el Hijo de Dios elige ponerse en la fila de los pecadores, mezclarse con la multitud, compartir la condición humana hasta el fondo.

En el Jordán, Jesús se solidariza con la humanidad herida. Se sumerge en las aguas como signo de que ha venido a cargar con nuestras fragilidades, nuestros miedos y nuestras búsquedas. Allí comienza su camino público, no desde el poder ni desde el privilegio, sino desde la humildad y la cercanía.

El Evangelio nos muestra además una verdadera manifestación trinitaria. El cielo se abre, el Espíritu Santo desciende en forma de paloma y la voz del Padre resuena con claridad: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”. En este acontecimiento se revela el misterio más profundo de Dios: un Dios que es comunión, relación, amor que se dona.

El Bautismo del Señor ilumina también el sentido de nuestro propio bautismo. No es solo un rito del pasado ni una tradición familiar. Es el inicio de una vida nueva. Por el bautismo hemos sido sumergidos en Cristo, hechos hijos en el Hijo, incorporados a la Iglesia y llamados a vivir como testigos del Evangelio en medio del mundo.

Así como Jesús sale del Jordán para comenzar su misión, también cada bautizado está llamado a “salir” y asumir su vocación. Ser cristiano no es quedarse en la orilla, sino animarse a caminar, a anunciar, a servir, a amar como Él amó. El bautismo nos da una identidad y una misión: somos hijos amados y enviados.

Al cerrar el tiempo de Navidad, esta fiesta nos invita a mirar hacia adelante. La luz que brilló en Belén ahora se proyecta sobre la vida pública de Jesús y sobre la nuestra. El Dios que se hizo Niño es el mismo que hoy se manifiesta como Hijo amado y nos invita a reconocernos, también nosotros, como hijos queridos del Padre.

Celebrar el Bautismo del Señor es renovar la certeza de que Dios no se queda lejos, sino que entra en nuestras aguas, en nuestra historia concreta, y desde allí nos llama a vivir con fe, esperanza y compromiso.