La Ascensión del Señor: Cristo vuelve al Padre y abre el cielo para la humanidad
En el séptimo domingo del Tiempo de Pascua, la Iglesia celebra la solemnidad de la Ascensión del Señor. Jesús resucitado asciende al cielo ante sus discípulos, no para alejarse del mundo, sino para permanecer de un modo nuevo en medio de su pueblo y enviar a la Iglesia a la misión.
La solemnidad de la Ascensión del Señor marca uno de los momentos más profundos y esperanzadores del misterio pascual. Después de cuarenta días de encuentros con sus discípulos, de enseñarles y fortalecer su fe tras la Resurrección, Jesucristo asciende al cielo y se sienta a la derecha del Padre. El Evangelio narra este acontecimiento como la culminación de la obra redentora y el comienzo de una nueva etapa para la Iglesia.
Lejos de significar una despedida triste, la Ascensión es una fiesta de esperanza. Jesús no abandona a los suyos. Su presencia cambia de modo, pero permanece viva y real. El Señor glorificado acompaña a su Iglesia en el camino de la historia, especialmente a través de la Palabra, los sacramentos y la acción del Espíritu Santo que será derramado plenamente en Pentecostés.
La Ascensión también revela el destino final de la humanidad. Cristo asciende al cielo llevando consigo nuestra naturaleza humana. Allí donde ha llegado la Cabeza, estamos llamados a llegar también nosotros como miembros de su Cuerpo. Por eso esta solemnidad nos recuerda que la vida del cristiano tiene una meta: la comunión eterna con Dios.
Antes de ascender, Jesús deja a sus discípulos un mandato claro: “Vayan y hagan discípulos a todas las naciones”. La Iglesia nace misionera. No puede quedarse detenida mirando el cielo, sino que debe salir al encuentro del mundo para anunciar el Evangelio con alegría, valentía y esperanza. La Ascensión impulsa a los cristianos a ser testigos de Cristo en medio de la vida cotidiana, llevando consuelo, verdad y caridad allí donde más se necesita.
En un tiempo marcado muchas veces por la incertidumbre, el individualismo y el desánimo, la Ascensión del Señor recuerda que nuestra mirada debe elevarse sin perder el compromiso con la tierra. El cristiano vive con los pies en el mundo, pero con el corazón puesto en el cielo.
Esta solemnidad es también una invitación a renovar la confianza. Cristo glorioso intercede por nosotros y continúa guiando la historia. Nada de lo humano le es indiferente. Desde el cielo acompaña a su pueblo y sostiene la esperanza de quienes creen en Él.
Al celebrar la Ascensión del Señor, la comunidad cristiana se prepara para Pentecostés, aguardando la venida del Espíritu Santo con la misma actitud de los apóstoles y de María: unidos en la oración, perseverantes en la fe y abiertos a la misión.